miércoles, 8 de septiembre de 2010

EL FUEGO FATUO / EL SABOR DE LAS CEREZAS



Maurice Ronet es Alain Leroy en "El fuego fatuo"
(Louis Malle, 1963)



Homayoun Ersadi es el Sr. Badii en "El sabor de las cerezas"
(Abbas Kiarostami, 1997)


- "No son angustias, doctor. Es una angustia, continua... El mal está en el corazón de la voluntad; es a ésta a la que usted cura..."

Alain Leroy al Dr. La Barbinais, en "El fuego fatuo"


- "La palabra suicidio no está hecha sólo para los diccionarios...; tiene que tener una aplicación práctica...; el hombre tiene que decidir cuándo debe hacerlo..."

Sr. Baddi al seminarista, en "El sabor de las cerezas"


Recientemente me han llamado la atención las cifras proporcionadas por el Imelga (Instituto de Medicina Legal de Galicia), según las cuales durante el año 2009 se quitaron la vida en nuestra comunidad autónoma 362 personas, 57 más que en 2008. Probablemente en dicho incremento haya influido la crisis económica y social que a todos nos viene afectando. Dicen los expertos que cada 40 segundos se suicida un prójimo en este planeta...


La matemática del suicidio debe manejarse con reservas porque está sujeta a determinadas inexactitudes. De todas las maneras, siempre en líneas generales, los datos de la OMS (Organización Mundial de la Salud) revelan que la tasa de suicidios es mayor en Europa que en América Latina, y que dentro de este ámbito geográfico las cifras más elevadas corresponden a Cuba, Brasil y Colombia, por este orden. Tampoco deberíamos desestimar que los intentos autolíticos son 20 veces más frecuentes que los consumados.

Si existiese un perfil de suicida éste sería el de un sujeto varón, mayor de 60 años, que vive solo y ya está jubilado. Entre los jóvenes también son los varones (entre 14 y 29 años) los que más se quitan la vida.

Esta pequeña introducción estadística nos sirve para presentar dos películas esenciales que giran alrededor de un tema todavía tabú. Y lo hacen desde dos ópticas completamente divergentes.

"El fuego fatuo" (Louis Malle, 1963) se inspira en el libro homónimo del escritor francés Pierre Drieu La Rochelle, que se suicidó el 15 de marzo de 1945 tras la ingestión de barbitúricos y la inhalación de gas. Intencionadamente filmada en blanco y negro, destaca la impresionante dirección de fotografía debida a Ghislain Cloquet. El protagonista, Alain Leroy (el otrora atractivo galán Maurice Ronet) es un ser atribulado, desencantado de la vida, que titubea entre el alcoholismo y el temor al fracaso de su tratamiento. Nos encontramos ante la viva estampa de un paciente angustiado y depresivo...




A su vez, "El sabor de las cerezas" (Abbas Kiarostami, 1997), paradigma del cine de autor, constituye un ejercicio puro de poesía minimalista, término elegido por los críticos para aquilatar la obra del cineasta iraní.


Al contrario que el previsible Alain Leroy, el Sr. Badii (Homayoun Ersadi) jamás nos descubre cuáles son los motivos que le han llevado a pensar en quitarse la vida. Sólamente busca alguien en quien poder confiar para ayudarle en su tarea.



http://viavisual.blogspot.com/2007/07/tres-claves-para-leer-kiarostami.html


ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL SUICIDIO...

El estudio detallado de ambas películas nos permite encontrar determinadas pistas que pudieran aportar luz sobre el mensaje que los autores pretendieron hacernos llegar a los espectadores, que difiere notablemente del elegido en su día, por ejemplo, en el caso de "Dos hombres y un destino" (George Roy Hill, 1969), Mishima (Paul Schrader, 1985) o "Thelma y Louise" (Ridley Scott, 1991).

Existe en "El fuego fatuo"
una escena significativa, en la que Alain deambula por su habitación del Sanatorio del Dr. La Barbinais, una elegante mansión decimonónica situada en pleno Versalles, donde él ha ingresado voluntariamente para una cura de reposo y desintoxicación etílica. De las paredes del cuarto penden recortes de periódicos y fotografías. Uno de los pedazos de papel corresponde a Le Parisien y anuncia la desgraciada muerte de un niño de 5 años, ahorcado involuntariamente mientras jugaba al hombre pájaro.


Entre las fotografías, podemos ver varias de la malograda Marilyn Monroe, fallecida el 5 de agosto de 1962 en oscuras circunstancias, un más que probable suicidio por sobredosis de barbitúricos. También observamos la profusión de retratos de Dorothy, la bella esposa de Alain, que vive en Nueva York y que abona religiosamente cada mes la factura del tratamiento de su marido. La ruptura de la pareja estuvo motivada precisamente por el alcoholismo. Fuera de estos fotogramas, Dorothy nunca aparece en la película... En cambio sí lo hace su atractiva amiga Lydia (Léna Skerla), supuesta amante de Alain.

En el caso de Dorothy hay quien sostiene que en realidad se trata de una jovencísima Margarethe Von Trotta, actriz y directora alemana, futura esposa
del cineasta Volker Schlöndorff, que a su vez trabajó en este film como ayudante de dirección.

En una instantánea de los tiempos felices, podemos contemplar a Dorothy y Alain delante de un puesto de libros de segunda mano de los que tanto proliferan a orillas del Sena. Él sostiene entre sus manos un ejemplar titulado "Baudelaire", paradigma de los poetas malditos, campeón de la ebriedad y gran aficionado al alcohol y a las drogas...

El protagonista de este film sufre dos importantes factores de riesgo de autolisis: por una parte, su dependencia etílica, de la que apenas lleva 4 meses en abstinencia, pero siempre bajo una espada de Damocles llamada recaída, y por si fuera poco, además
sufre un trastorno adaptativo mixto ansioso - depresivo ... A todo ello, debe unirse la cruel soledad en la que habita. Podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que "El fuego fatuo" es la historia de un adiós, una lenta despedida de un prójimo que se ha cansado de vivir una existencia vacía, atroz, desamparado y sin amor... Para llevar a cabo su objetivo, Alain guarda en un maletín una pistola, una Luger P08, tal vez en su etapa como militar...

Mientras sobre el espejo Alain ha escrito "23 de julio" (¿la fecha límite de su caducidad?) en las estanterías abundan los paquetes de "Sweet Afton", sus cigarrilos favoritos: se trata de una marca irlandesa de tabaco rubio que se hizo muy popular durante la posguerra mundial entre los bohemios, los artistas y los filósofos de la Rive Gauche. También fueron los preferidos de Jean Paul Sartre y de los cineastas de la Nouvelle Vague.

Quizás la intencionada presencia de esta marca de tabaco tenga la finalidad de remitirnos al ateísmo filosófico del padre del Existencialismo, para quien el suicidio significaba el culmen de la propia libertad (siempre que no existiera una patología de base). Algo similar ocurre al elegir Louis Malle la terraza del Café de Flore (en el que Sartre tenía una mesa fija) para la escena del breve encuentro entre Alain y los ultraderechistas hermanos Minville... Precisamente aquí constatamos cómo Alain toma una copa de alcohol por primera vez en la película.


En el cuarto también proliferan los libros, entre los que hemos encontrados dos títulos muy significativos: "Babylon revisited" y "This side of paradise", ambos de F. Scott Fitzgerald. En el primero de ellos, considerado por la crítica un sincero relato autobiográfico, el controvertido escritor norteamericano relata los estragos que el alcohol provoca en la vida del protagonista. Precisamente el guión de "La última vez que vi París" (Richard Brooks, 1954) se basó en esta novela...


Tampoco parecen gratuitas las referencias filosóficas. A la hora de la comida, en el Sanatorio que dirige el Dr. La Barbinais (Jean-Paul Moulinot), los pacientes discuten sobre Santo Tomás y Aristóteles. Ambos padres de la filosofía clásica tenían un concepto muy similar sobre el suicidio:
  • Aristóteles se muestra contrario al suicidio, al considerarlo como un atentado contra la propia vida. Aquel que lo comete es un cobarde, queda deshonrado como persona y en su "Ética a Nicómaco" estima que el suicida perjudica además al resto de la ciudadanía.
  • Santo Tomás entiende el suicidio como un acto especialmente perverso, primero por ir contra la propia naturaleza humana (que trataría siempre de conservar y perpetuar la vida), segundo porque atenta contra el bien común (priva a la familia y a la sociedad de uno de sus valiosos miembros) y por último, porque desafía a Dios, dador de la vida, propietario y soberano de la misma.
La música melancólica de Erik Satie, representada en esta banda sonora por lo más granado de sus "Gymnopedies" y "Gnossiennes", dota a las imágenes de un halo depresivo y solitario consustancial, como la carne se pega al hueso formando un todo común.

Cuando Alain abandona el sanatorio, regresa a París en la procura de sus viejos compañeros de correrías. En primer lugar visita el Hotel Du Quai Voltaire. Allí se reencuentra con el barman Charlie (René Dupuy) que intenta ponerle al día mientras le sirve un Scotch Sour, su antaño primer trago. La siguiente parada es en casa de Dubourg (Bernard Nöel), antigua camarada convertido ahora en un burgués padre de familia estudioso de egiptología. Ambos se reprochan sus defectos y mediocridades. Por cierto, Dubourg viste una chaqueta de lana idéntica a la que Alain portaba en la clínica de desintoxicación...

Alain continua su periplo hasta encontrarse con Eva (Jeanne Moreau), artista plástica desencantada y melancólica por todo el tiempo perdido. Curiosamente Alain, que ya ha decidido quitarse la vida, considerará como absurda la muerte en accidente de tráfico de Carla, amiga en común de ambos...

Mientras la lluvia tormentosa baña las calles de un indolente París, Alain alcanza la lujosa casa de Solange (Alexandra Stewart) y Cyrille Lavaud (Jacques Sereys). Existe aquí una escueta referencia a "Ubú rey", la iconoclasta obra teatral de Alfred Jarry.

Alain finaliza su peregrinaje en compañía de Michel Milou Bostel (Bernard Tiphaine), un joven galán que le recuerda enormemente cómo era él apenas 10 años atrás. De esta forma se cierra el círculo narrativo, la rueda de la vida que gira permanentemente... Una vez finalizada la lectura de "El Gran Gatsby" (¡otra vez F. Scott Fitzgerald!) Alain terminará por pegarse un tiro en el corazón.




Hasta aquí, la percepción occidental del suicidio. Veamos qué encontramos ahora al escarbar en "El sabor de las cerezas". La cálida luz matinal de Teherán es captada magistralmente por el director de fotografía Hormayon Payvar. El tiempo nos sitúa en algún momento entre 1980 y 1988, intervalo transcurrido durante la guerra Irán-Iraq.

Kiarostami suele trabajar con actores no profesionales, lo que aporta a sus películas cierto aire documental. Un hombre recorre al volante de su vehículo las calles de la urbe buscando a alguien. Rostros anónimos se ofrecen para trabajar como peones. La aridez se va adueñando del paisaje mientras el conductor deambula por las colinas vecinas a la capital iraní.

Buscando por Teherán...

Un hombre joven que regenta un pequeño establecimiento de construcción es el primer elegido, pero desconfía del conductor cuando éste le ofrece dinero. El siguiente es un peón que recoge bolsas de plástico en un vertedero para venderlas más tarde a una fábrica de reciclaje. Viste una sudadera roja con las siglas "UCLA" (Universidad de California Los Ángeles) en el pecho, aunque desconoce su significado. Tampoco acepta la oferta del Sr. Badii.

El tercer candidato será un joven recluta originario del Kurdistán. Los kurdos constituyen una nación sin estado, un pueblo ampliamente castigado a lo largo de la historia, y que habita una extensa zona compartida por Armenia, Turquía, Irán, Iraq y Siria.

Afshin Khorshid Bakhtiari es el soldado

Antiguo campesino, el muchacho retorna a su campamento desde Damavand, una zona montañosa 50 kilómetros al noroeste de la capital. Su exigua soldada apenas cubre sus necesidades personales y tampoco alcanza para ayudar a su extensa familia. Por ello, se verá tentado por el Sr. Badii, que por fin le cuenta cuál es el trabajo en cuestión y su generosa paga. De esta sencilla manera nos enteramos de las intenciones suicidas del protagonista.

Simplemente señalar aquí que tras la victoriosa ofensiva inicial iraquí, en 1983 el ejército iraní comenzó a recuperar el terreno perdido en la guerra gracias al alistamiento de 100000 jóvenes soldados y 200000 milicianos. El recluta le cuenta al Sr. Badii que apenas lleva 2 meses de servicio militar (nos imaginamos que fue reclutado a la fuerza).

El Sr. Badii ha decidido poner fin a su vida. Ha cavado una tumba al pie de un arbol, en medio del agreste paisaje. Pretende que el soldado regrese al lugar a las 6 de la mañana del día siguiente y que, en el caso de que el Sr. Badii esté muerto, cubra la sepultura con 20 paladas de tierra. El recluta se asusta y huye campo a través.

La tierra ocre, el inmenso pedregal, el desierto y el polvo que somos y en el que nos convertiremos están presentes en todo momento. Continuando con esta especie de road movie iniciática, el Sr. Badii conduce su Range Rover hasta una planta cementera, vigilada únicamente por un inmigrante afgano. Éste le habla de la visita de un amigo suyo seminarista y entonces el Sr. Badii decide proponerle al clérigo que le ayude en su particular propósito.

Mir Hossein Noori es el seminarista

Mientras Louis Malle introducía en su film elementos filosóficos, Kiarostami añade ahora claramente el componente religioso, recordándonos mediante este personaje que el Corán condena categóricamente el suicidio, en su concepción más ortodoxa (atentar contra la propia vida) si bien estaríamos metiéndonos en terrenos farragosos cuando se trata de combatir en la Yihad o Guerra Santa contra los infieles (terroristas suicidas que se autodestruyen con la esperanza de alcanzar el Jardín de las Huríes).

En este caso, el Sr. Badii trata de convencer al futuro clérigo argumentando que el suicidio es tan pecado mortal como el ser desgraciado, porque si uno sufre es capaz de hacerles daño a los demás: "Yo creo que Dios es tan misericordioso que no quiere ver sufrir a ninguna de sus criaturas; es tan grande que no puedo creer que quiera obligarnos a vivir. Por eso le ofrece al hombre esta solución"... El Sr. Badii tampoco conseguirá el auxilio del seminarista.

El viejo Sr. Bagheri cruzando el umbral de su trabajo...

Su última esperanza será el Sr. Bagheri (Abdolrahman Bagheri) que trabaja en Teherán dentro del Departamento de Disección del Museo Nacional de Ciencias Naturales, alguien que está acostumbrado a trabajar con cadáveres, aunque éstos correspondan a animales. Este hombre sabio por naturaleza le cuenta al Sr. Badii que en el pasado el sabor de una simple cereza fue capaz de hacerle abandonar sus propias ideas suicidas. Le habla de la belleza de cada atardecer y de la plenitud de la luna llena. También le promete que realizará el trabajo, enterrando el cuerpo del Sr. Badii si finalmente decide quitarse la vida mediante una sobredosis de somníferos.

El inesperado final de esta película contribuye a su mayor grandiosidad, pues un fundido en negro nos dejará sin saber cuál fue realmente el destino del atribulado Sr. Badii...

Como colofón, unas líneas de Cesare Pavese, que puso fin a su existencia el 26 de agosto de 1950 ¡con una sobredosis de somníferos!. Corresponden a momentos diferentes de su obra "El oficio de vivir":

  • Sólo así se explica mi actual vida de suicida. Y sé que estoy condenado para siempre a pensar en el suicidio ante cualquier molestia o dolor. Esto es lo que me aterra: mi principio es el suicidio, nunca consumado, que no consumaré nunca, pero que acaricia mi sensibilidad.
  • Es preciso haber sentido la manía de la autodestrucción. No hablo del suicidio: gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de "contarla", sólo puede llegar al suicidio por imprudencia. Y además, el suicidio aparece ya como uno de esos heroísmos míticos, de esas fabulosas afirmaciones de una dignidad del hombre ante el destino, que interesan estatuariamente, pero que nos dejan abandonados a nosotros mismos. El autodestructor es un tipo más desesperado y utilitario al tiempo. El autodestructor se esfuerza por descubrir en su interior cualquier lacra, cualquier cobardía, y por favorecer estas disposiciones a la anulación, buscándolas, embriagándose con ellas, disfrutándolas. El autodestructor está en definitiva más seguro de sí que cualquier vencedor del pasado, sabe que el hilo del apego al mañana, a lo posible, al prodigioso futuro, es un cable más fuerte -tratándose del último empujón- que no sé cuál fe o integridad. El autodestructor es sobre todo un comediante y un dueño de sí. No desperdicia ninguna oportunidad de sentirse y de probarse. Es un optimista. Lo espera todo de la vida, y se va afinando para producir bajo las manos del caso futuro los sonidos más agudos o significativos. El autodestructor no puede soportar la soledad. Pero vive en un continuo peligro: que lo sorprenda una manía de construcción, de ordenación, un imperativo moral. Entonces sufre sin remisión, y podría incluso matarse.