domingo, 17 de agosto de 2008

DIAS DE VINO Y ROSAS






"Da por vino el amor que no tendrás.
Lo que esperas, perenne esperarás.
Tú bebes lo que bebes. Ve las rosas.
Muerto, ¿que rosas son las que olerás?"

(Fernando Pessoa, "Noventa últimos poemas")

Estamos de conmemoración. Hoy cumple esta bitácora su primer año de existencia, alcanzando de paso su entrada número 50. Y qué mejor regalo para celebrar la onomástica que volver a contemplar un clásico de las pantallas, "Días de vino y rosas" (Blake Edwards, 1963), basada en el relato original de J.P. Miller, donde de manera realista se demuestra cómo dilapidan su salud unos personajes comunes, banales y atormentados, una pareja de norteamericanos de clase media de la década de los 60, inmisericordemente sumidos en los estragos provocados por el alcoholismo, una enfermedad totalmente previsible.




Con toda probabilidad, el director y guionista Blake Edwards resulta más valorado por sus aportaciones cinematográficas al género de la comedia, especialmente gracias a los méritos conseguidos con su taquillera saga sobre la Pantera Rosa (inolvidable la tonada de Henry Mancini), al desternillante humor del absurdo desplegado en "El guateque" (1968), donde contó de nuevo con la colaboración del inefable actor Peter Sellers, o quizás al éxito alcanzado por "Desayuno con diamantes" (1961), catapulta a la fama de Audrey Hepburn, en la plenitud de su delicada languidez.

http://perroferozamarillo.wordpress.com/2008/08/15/blake-edwards-buceando-en-el-alcohol/


En mi opinión personal, "Días de vino y rosas" constituye la mejor película de su carrera como cineasta, incluyendo el mérito de la canción original escrita por Johnny Mercer musicada por Henry Mancini. Un clásico. Dentro del dramatismo general de la historia encontramos valiosas gemas repletas de comicidad, respaldadas por el trabajo trascedental de Jack Lemmon, una vez más pletórico y genial dentro de ese registro tan particularmente suyo garante del éxito en las comedias de enredo firmadas por el maestro Billy Wilder.




Inicialmente distendido, risueño, encantador, a la manera del atolondrado C.C. Buxter de "El apartamento" (Billy Wilder, 1960) o del amartelado Nestor Patou de "Irma la Dulce" (Billy Wilder, 1963), Jack Lemmon encarna en este film, con tintes realmente dramáticos, al jovial Joe Clay, un popular publicista especializado en relaciones empresariales, un bebedor social abusivo que, sin apenas darse cuenta, se irá convirtiendo en un brutal enfermo alcohólico.

A su lado, resplandeciente en todo su esplendor, admiramos la serena belleza de Lee Remick, transformada aquí en Kirsten Arnesen, la inestable esposa de Joe Clay, embarcada a lo largo de toda la película en un tenebroso viaje sin retorno desde el benigno puerto de la abstinencia etílica absoluta, hasta su postrer naufragio en el más desesperado de los alcoholismos. Todavía hoy en día no alcanzo a comprender cómo Lemmon o Remick, habiendo sido nominados ambos a los premios Óscar de 1963 por sus excelentes interpretaciones, no fueron premiados con las preciadas estatuillas.


Blake Edwards no quiso evitar que en la realización de "Días de vino y rosas" se colasen determinadas perlas cómicas: las muecas burlonas que Joe Clay le dedica a Kirsten, cuando inicialmente ella le da la espalda en el interior del ascensor del edificio donde trabaja, la revuelta vecinal, cuando a Joe se le ocurre pulverizar con insecticida el "Reino de las cucarachas" (el apartamento de soltera de Kirsten), la vaca mugiendo en medio de una orquesta, donde los músicos tocan disfrazados de granjeros, las puertas del ascensor que se cierran dejando fuera los bulbos florales que el borracho Joe le lleva como regalo a su esposa...



EL PRECEDENTE.


El escritor J.P. Miller es el autor de la novela original, donde narraba la desventuras de una pareja de alcohólicos. Como telefilm, el guión fue llevado a las pantallas en 1958, dentro de la serie "Playhouse 90" de la CBS. Este capítulo fue dirigido por John Frankenheimer, protagonizado por Cliff Robertson (Joe) y Piper Laurie (Kirsten). En TV, el papel de Ellis Arnesen, el padre de Kirsten, fue interpretado por el prolífico Charles Bickford, que repetiría este mismo personaje en la película de Blake Edwards. Sorprendentemente, John Frankenheimer fue postergado como director de la versión cinematográfica porque no era un especilista en comedias...





El título de "Días de vino y rosas" fue seleccionado por J.P. Miller a partir del poema "Vitae Summa Brevis Spem Nos Vetet Incohare Longan", escrito en 1896 por Ernest Dowson:


"They are not long, the weeping and the laughter,
Love and desire and hate;
I think they have no portion in us after
We pass the gate.
They are not long, the days of wine and roses:
Out of a misty dream
Our path emerges for a while, then closes
Within a dream".



http://en.wikipedia.org/wiki/Ernest_Dowson


LA CRUDA REALIDAD.


Trabajé durante 15 años como médico colaborador en la "Asociación As Burgas", un dispositivo asistencial de Ourense especializado en el tratamiento de pacientes con problemas causados por la bebida; allí asistí a las terapias individualizadas de desintoxicación y deshabituación etílicas. Acudían enfermos dependientes del alcohol y también pacientes con consumos excesivos, pero que todavía no habían desarrollado una dependencia. Conocí decenas de historias particulares, algunas de ellas tremendas e impactantes, quizás merecedoras de la inmortalidad en dramatizaciones literarias.

Llegados a este punto, permítaseme una licencia. Aunque las costumbres sociales mudan con enorme celeridad, visionando "Días de vino y rosas" constaté la diferente consideración que entonces (y todavía hoy en día) se daba al alcoholismo masculino y femenino. Al igual que la ficticia Kirsten Arnesen, en líneas generales la mujer enferma suele afrontar su abuso etílico o su dependencia alcohólica recluída entre las cuatro paredes de su domicilio. Bebe oculta y en soledad, tal vez buscando el ansiado efecto ansiolítico o antidepresivo de la sustancia. De esta manera tan simple comenzará a caer Kirsten en la dependencia alcohólica, cautiva del desamparo cuando su marido comienza a ausentarse del domicilio conyugal por estrictas cuestiones laborales.


En contraposición, nos encontramos ante el alcoholismo social que afecta a Joe. Una manera de beber excesiva, compulsiva, mediante la ingestión masiva de bebidas de elevada graduación alcohólica, con la única finalidad de buscar la ebriedad lo antes posible, que se me antoja más representativa de la cultura anglosajona (y de la norteamericana en especial), en contraposición al consumo abusivo, especialmente de vino y cerveza, más común en el área mediterránea (España, Italia o Francia). Frente a la ortodoxia, apelo a la generalidad de estas reflexiones, puestas con toda seguridad en entredicho por la globalización de las costumbres y de los hábitos.

ESCENAS CAPITALES.

  • SALTANDO EN LA CAMA: Joe reconoce los problemas que Kirsten y él mismo tienen con la bebida; ambos deciden iniciar una nueva existencia como abstemios mudándose al vivero de papá Arnesen. Ufanos y orgullosos, embaucados por una falsa seguridad, para celebrar sus primeros 30 días sobrios se encierran en su cuarto a beber y sufren una nueva recaída. Dentro de su dramatismo, esta escena me parece muy hermosa: mientras arrecia la lluvia en el exterior, un Joe jubiloso y embriagado salta sobre la cama, en el preludio de una borrachera que dará con sus huesos en un sanatorio psiquiátrico.
  • LA CONTENCIÓN PSIQUIÁTRICA: tal vez exageradas deliberadamente con la intención de incrementar la emotividad de las escenas, Blake Edwards nos muestra a Joe en pleno delirium tremens, internado en una celda de paredes acolchadas, fiero, agitado, sudoroso, emitiendo violentos alaridos, hasta que sus cuidadores consiguen inyectarle un tranquilizante. Cuando se recupera, contacta con Alcohólicos Anónimos (AA) e inicia su rehabilitación. Pero Kirsten no seguirá sus pasos; incapaz de dejar la bebida, rechaza a Joe por mantenerse sobrio y lo abandona. Cuando Joe recae una vez más por su culpa, termina atado con correas sobre una mesa de contención psiquiátrica. Su padrino en AA le relata los pormenores de su delirio: - "tomaste unas copas... y ahora te estás secando. En los dos días que llevas aquí, un hombre te perseguía por todas las salas con unas tijeras de podar..." Después de observar estas escenas protagonizadas por Jack Lemmon, sigo sin comprender la arbritrariedad de Hollywood a la hora de conceder sus premios Óscar a las mejores interpretaciones.
  • EL FINAL ABIERTO: en la que para mí es la escena capital de esta película, repleta de especial belleza nocturna, Kirsten camina cuesta arriba hacia la casa donde Joe y su hija viven ahora, con la intención de implorar su perdón. Al fondo, unas luces de neón intermitentes se encienden y se apagan: BAR...





UNA CONTROVERSIA: ¿ALCOHOLISMO Y CHOCOLATE?


Kirsten Arnesen es abstemia, pero se pirra por el chocolate. Joe la invita a su primera copa, un cóctel de chocolate con brandy Alexander. Existe una creencia popular que relaciona la "adicción" al chocolate con el incremento del riesgo a la hora de desarrollar alcoholismo u otra drogodependencia. ¿Qué hay de verdad en estas aseveraciones?

Parece ser cierto que las mujeres consumen más chocolate que los hombres, y que esta ingesta es mayor en situaciones de estrés, ansiedad o tristeza. La frontera que separa el efecto psicológico de la mera conducta aprendida resulta nebulosa e imprecisa.

Consumir chocolate incrementa la síntesis cerebral de triptófano, sustancia precursora del neurotransmisor serotonina. Un mayor tono neuronal serotoninérgico se ha asociado a la sensación de sedación y bienestar, disminuyendo la irritabilidad y la ansiedad.

El chocolate además contiene teobromina, un alcaloide de la familia de las xantinas (como la teofilina), que incrementa la diuresis y que actúa como un estimulante natural similar a la cafeína. Se cree que en las embarazadas, incluso podría disminuir el riesgo de preclampsia.

Otra sustancia presente en el chocolate es la feniletilamina, de estructura química semejante a las endorfinas; por ello se ha visto implicada en el supuesto mecanismo adictivo del chocolate. Al igual que las anfetaminas, dicha sustancia mejoraría el estado de ánimo.

Se especula algo semejante con la anadamina, también presente en el chocolate, sustancia activadora de los mismos receptores cerebrales que estimula la marihuana.

Pero, todas estas supuestas cualidades "farmacológicas" del chocolate no permiten en modo alguno su clasificación dentro de las sustancias adictivas, por lo que el razonamiento sobre Kirsten y su afición al chocolate, emitido por el taciturno Jim Hungerford, el ex-alcohólico que tutela a Joe Clay en Alcohólicos Anónimos (el serio Jack Klugman) se cae por su propio peso.

¿O es que alguien ha podido olvidar cómo la encantadora repostera Vianne Rocher (Juliette Binoche), gracias al exquisito derivado del cacao, consigue cambiar las vidas de todos los personajes en la apetitosa "Chocolat" (Lasse Hallström, 2000)?

2 comentarios:

travismagee dijo...

"Este es el aspecto que tengo cuando estoy sobrio. Es suficiente para hacer beber a una persona."

Excelente película, que se ha convertido con el tiempo en un clásico. La frescura de sus imágenes, la buena dirección de actores, con una pareja protagonista modélica en virtudes interpretativas, sobre todo Lemmon, simplemente perfecto, y el logrado clímax de opresión moral y descenso a los infiernos, hacen de esta película un modelo de lo que siempre debiera ser el cine.

Shangri-la dijo...

Hola. Te informamos que se puede descargar el pdf del último número de nuestra revista sobre cine y literatura en:
http://shangrilatextosaparte.blogspot.com/2008/09/shangri-la-n-6-mayo-agosto-2008.html

Un saludo