lunes, 19 de octubre de 2026

LA CASA ES NEGRA

 


«El mundo está lleno de fealdad. Aún habría más si el hombre apartara la mirada. Pero el hombre puede remediarla». 


Nos preguntamos si en pleno siglo XXI la lepra continúa siendo una de las enfermedades más olvidadas por la humanidad? Se trata de una infección crónica bacteriana causada por Mycobacterium leprae (y en menor medida por Mycobacterium lepromatosis) que afecta principalmente a la piel y a los nervios periféricos.

Considerada tradicionalmente como un castigo divino, durante décadas ha permanecido en el olvido sanitario y mediático arrastrando un inaceptable estigma social, al tratarse de una de las enfermedades humanas más antiguas, y que permanece activa con alrededor de 200000 casos anuales a nivel mundial.


Mycobacterium leprae. Fotografía de Cdc/Science Photo Library (2016)

Mycobacterium leprae es la causa principal e histórica en la mayoría de los países del mundo. Esta bacteria fue descubierta en 1873 por el médico noruego Gerhard Henrick Armauer Hansen en muestras de tejidos infectados. Por ello, en su honor, se conoce como bacilo de Hansen.

Puede causar tanto la forma benigna de la enfermedad, denominada tuberculoide, como la severa o lepromatosa.

Gerhard Henrick Armauer Hansen (1841 – 1912)

Sin embargo, Mycobacterium lepromatosis es un especie distinta, descubierta en 2008, en pacientes de México. Se asocia principalmente a casos de América del Norte y Central, aunque se verdadero alcance todavía se sigue estudiando.

Por el momento, ha sido vinculada con una variante particular más agresiva, causante de la lepra lepromatosa difusa (LDH) o fenómeno de Lucio.

Lo cierto es que ambas bacterias, que se diferencian en apenas un 9% de sus genomas, comparten un ancestro común.

Ambas especies son parásitos intracelulares obligados y no se pueden cultivar en medios convencionales en los laboratorios, si bien responden a las mismas pautas de tratamientos antibióticos (poliquimioterapia).

ESTIGMA SOCIAL

Durante siglos la lepra se contempló como un castigo por los pecados, la lujuria o la inmoralidad de quienes la padecían.

En el Levítico y otros libros de la Biblia, la lepra significaba una marca de impureza espiritual o un directamente un castigo divino. Los sacerdotes examinaban a los enfermos y a partir de ahí se les obligaba a vivir fuera de la comunidad, a rasgarse las vestiduras y a cubrirse las barbas. Para advertir a los demás debían anunciar su presencia gritando la palabra "inmundo".

Ya en la Edad Media, el diagnóstico de la enfermedad llevaba parejo el ritual del funeral en vida (separatio leprosorum), lo que implicaba realmente la legítima muerte social del leproso, que además eran obligados a vestir ropas distintivas, portar campanas o matracas para anunciar su presencia, e incluso caminar siempre a favor del viento para evitar corromper el aire.


En diferentes culturas, como por ejemplo en la India, los leprosos continúan siendo objeto del rechazo social, se les prohibe trabajar y son recluidos en colonias específicas.

En la isla de Rapa Nui (Chile), a finales del siglo XIX y principios del XX, estos enfermos también fueron confinados en leprosarios bajo inhumanas lógicas coloniales.

Desde el punto de vista médico, la lepra no se diferenciaba de otras patologías dermatológicas, como la psoriasis o la elefantiasis, quedando todas ellas englobadas bajo el mismo e injusto estigma social.


Elefantiasis
Dibujo de Johan Ludvig Losting.
Centro del Museo Hordaland/Museo Digitalt.

EL MIEDO AL CONTAGIO

Esta es una de las principales causas del rechazo y la estigmatización de los leprosos.

Este documental nos permite reflexionar sobre cómo el temor al contagio puede convertirse en un mecanismo de exclusión, sobre todo cuando la información médica resulta insuficiente o se encuentra subordinada a perjuicios sociales.

La transmisión de la lepra se produce principalmente por el contacto estrecho y frecuente con enfermos sin tratamiento antibiótico, a través de las gotículas procedentes de la nariz y de la boca.

Recordemos que los enfermos tratados adecuadamente dejan de transmitir la infección.
No se transmite por contactos ocasionales, como por ejemplo dar la mano, abrazar a alguien, compartir una comida o sentarse al lado. Todo esto contrasta con la percepción histórica del leproso como una especie de apestado del que se debía uno mantener distanciado en todo momento.


San Francisco abrazando a un leproso. 
Oleo sobre lienzo. Zacarías González Vázquez (circa 1787)
Museo del Prado

SÍNTOMAS

Esta patología afecta principalmente a la piel y a los nervios periféricos, aunque también puede comprometer a la mucosa de las vías respiratorias superiores y a los ojos.

Sus manifestaciones clínicas son variables, pero sus signos más característicos corresponden a las lesiones cutáneas con pérdida de sensibilidad, engrosamiento de determinados nervios periféricos y debilidad muscular asociada a la afectación neurológica.

Lepra lepromatosa

La pérdida de la sensibilidad protectora es una de sus principales complicaciones. Por ello, cuando un leproso no percibe el dolor, la temperatura o los traumatismos, puede sufrir heridas repetidas sin advertirlas. 

Si estas lesiones no se detectan y tratan a tiempo, pueden aparecer úlceras, infecciones secundarias, lecciones óseas y discapacidades permanentes.


TRATAMIENTO
La Lepra Paucibacilar (PB): casos con 1 a 5 lesiones cutáneas. Se trata con dapsona y rifampicina, generalmente durante 6 meses.
La Lepra Multibacilar (MB): casos con más de 5 lesiones cutáneas, con afectación de los nervios o con comprobación de la presencia de bacilos, a dapsona y rifampicina se añade clofazimina. La duración puede prolongarse hasta los 12 meses y los 2 años.
La rifampicina es el antibiótico más rápido y potente. Dapsona (antibacteriano del grupo de las sulfonas) actúa frenando la replicación del bacilo, mientras que clofazimina aúna efectos antimicrobianos y antiinflamatorios.
Como profiláxis antibiótica tras la exposición, la OMS recomienda la administración de una dosis única de rifampicina entre los contactos cercanos de estos enfermos.
Al poco tiempo de iniciar el tratamiento antibiótico, los enfermos dejan de transmitir las bacterias. Aunque el avance de la infección se detiene, ni las lesiones neurológicas ni las deformaciones previas resultan reversibles, de ahí la importancia esencial de un diagnóstico precoz.
Los casos severos de lepra suelen requerir tratamientos rehabilitadores e incluso cirugía reconstructiva.

¿Ha cambiado nuestra forma de tratar a las personas con lepra?

Desde la década de 1960 se han producido avances sustanciales en el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad de Hansen. La politerapia permite curarla y el reconocimiento temprano de las complicaciones ayuda a prevenir discapacidades.

No obstante, los avances biomédicos no han eliminado por completo el estigma.

La OMS continúa considerando la discriminación y la exclusión social entre los desafíos fundamentales relacionados con la lepra. En muchos contextos, las personas afectadas siguen enfrentándose a barreras para recibir atención, mantener sus relaciones familiares, acceder al empleo o participar plenamente en la comunidad.


Esto revela una diferencia importante entre curar una infección y reparar todas sus consecuencias sociales. El tratamiento antibiótico actúa sobre la enfermedad, pero no elimina automáticamente los prejuicios ni restablece por sí solo los vínculos dañados.

La respuesta debe incluir información sanitaria rigurosa, atención integral, rehabilitación cuando sea necesaria y protección de los derechos de las personas afectadas.

En ese sentido, "La casa es negra" conserva su vigencia porque no se limita a documentar una situación histórica. Nos obliga a examinar las actitudes que persisten cuando una enfermedad, una discapacidad o una diferencia física se convierten en motivos de exclusión.

EL CASO DE OLIVER OLLEBUST

Oliver Ollebust, un zapatero noruego de 24 años, fue examinado en 1884 por el médico francés Henri Leloir. La lepra, que había comenzado cinco años antes con lesiones en rodillas y codos, avanzó hasta afectar su rostro, manos, ojos, mucosas y laringe.


Su caso llamó la atención por sus antecedentes familiares: su padre, su abuela paterna y tres tías también habían padecido la enfermedad. Leloir detectó bacilos en muestras de su barba y publicó el caso en 1886.

En aquella época, la lepra seguía siendo incomprendida. Bergen era un centro clave para su estudio, pues en 1873 Gerhard Armauer Hansen había identificado la bacteria responsable.

LA PELÍCULA
"La casa es negra" (Forugh Farrokhzad, 1963) es un cortometraje documental en blanco y negro imprescindible para la comprensión de la dimensión de la lepra, la exclusión y el estigma social de los leprosos y el valor de la mirada cinematográfica para cuestionar cómo contemplamos el sufrimiento del prójimo.

Forugh Farrokhzad (1935-1967)

Estrenada 1963, esta elogiada obra de la malograda poetisa y directora de cine iraní Forugh Farrokhzad fue rodada en una leprosería Bababaghi Hospice, situada cerca de Tabriz, en el noroeste de Irán.

Constituye un testimonio de extraordinaria fuerza sobre el sufrimiento físico, el aislamiento y la dignidad de quienes viven al margen de la sociedad, transitando entre el documental médico, la poesía y la reflexión filosófica.

La cámara no se limita a registrar las manifestaciones visibles de la enfermedad, sino que observa a las personas que la padecen, sus gestos cotidianos, sus relaciones, su educación y su vida comunitaria.

La película también se considera una obra precursora de la Nueva Ola iraní. Su influencia cinematográfica se relaciona con la libertad formal, el uso expresivo de la voz en off y la capacidad de convertir una realidad concreta en una reflexión universal.

Su importancia para la medicina humanística reside en que desplaza la atención desde la enfermedad como objeto de estudio hacia la persona que vive con ella.

Este documental permite abordar todas estas cuestiones sin recurrir a recursos abstractos, sino que lo consigue a través de los rostros, los gestos y las escenas cotidianas que muestran la perseverancia de la vida inclusive en circunstancias de grandes penurias y dificultades.

EL ORIGEN DEL DOCUMENTAL

Forugh Farrokhzad es una de las voces más notables de la moderna poesía iraní. Su obra abordó cuestiones todavía vigentes como la libertad, la identidad femenina, el deseo y la represión en una sociedad profundamente condicionada por las convenciones culturales y religiosas.

En su corta existencia, pues falleció a los 32 años en un accidente de tráfico en circunstancias todavía no bien aclaradas, fue una mujer libre e iconoclasta.

"La casa es negra" fue su única película. Galardonada en varias ocasiones, para su realización contó con el productor y cineasta Ebrahim Golestan y el director de fotografía Soleiman Minasian.

Ebrahim Golestan (1922 - 2023)

En realidad no se trata de un documental sanitario en el sentido más convencional, pues su contenido no se organiza en torno a la explicación sistemática de los síntomas, su diagnóstico y su tratamiento. 

En lugar de ello, combina una serie de imágenes directas de la vida cotidiana de los leprosos y sus hijos con una narración poética que incorpora conocidas referencias religiosas, reflexiones filosóficas y textos de la propia directora.

El emotivo resultado es una obra contemplativa que no pretende ofrecer una visión aséptica y convencional de la enfermedad, sino una combinación del sufrimiento, la vida diaria y la humanidad que convierten a "La casa es negra" en un documento cinematográfico muy singular.

Y si bien sus fotogramas evidencian las lesiones cutáneas y las terribles deformidades producidas por la enfermedad avanzada, también nois presentan a personas comunes que conversan, trabajan, estudian, juegas y comparten momentos de su peculiar existencia.

Los protagonistas no son víctimas pasivas. La comunidad mantiene sus rutinas, vínculos y formas de organización. Los niños van a la escuela. Los adultos realizan sus actividades cotidianas. Las personas se relacionan entre sí. La enfermedad es omnipresente, pero no extingue sus identidades.

Porque una persona no es solamente el diagnóstico que refleja su historia clínica, ni puede resumirse en sus lesiones, su discapacidad o su propia apariencia física. En este aspecto, la película nos plantea interrogantes sobre cuánto sufrimiento del enfermo procede de su patología y qué parte se agrava por la respuesta de su propio entorno y circunstancias. 


Una imagen del rodaje de "La casa es negra"

Para intentar comprender un poco más la importancia de esta película debemos situarla en el contexto histórico de su rodaje.

Durante siglos, la lepra fue asociada a mitos, temores y perjuicios. En diversas sociedades estos desdichados enfermos fueron segregados de sus comunidades, separados de sus familias, desterrados en páramos o confinados en instituciones específicas.

La evidencia de las lesiones cutáneas, de sus amputaciones y discapacidades favoreció que estas personas fueran estigmatizadas como impuras, peligrosas y víctimas de castigos divinos.

CINEFILIA

En la oscarizada "Ben-Hur" (William Wyler, 1959), el personaje de Esther (Haya Harareet) acompaña al protagonista Judá Ben-Hur (Charlton Heston) hasta el Valle de los Leprosos, un lazareto para proscritos, donde se ocultan su madre Miriam (Martha Scott) y su hermana Tirzah (Cathy O´Donnell).


Cathy O´Donnell, Martha Scott y Haya Harareet con Charlton Heston en "Ben-Hur"

Allí descubre que ambas mujeres no habían muerto en prisión, sino que sobrevivían en penosas condiciones. En aquellos fríos y húmedos calabozos supuestamente se habrían contagiado de lepra.

Es legendaria la escena, filmada en la antigua cantera de Latomies di Salone (cerca de Roma), en la que Ben-Hur se oculta entre las sombras detrás de unas rocas contemplando cómo su madre y su hermana abandonan su escondrijo para recoger los alimentos que Esther les deja en una cesta.

Al final de la historia, como símbolo del perdón y la reconciliación, ambas mujeres son curadas milagrosamente tras las crucifixión de Jesús de Nazaret.

Retomando "La casa es negra", en el Irán de mediados del siglo XX las colonias de leprosos y los lazaretos formaban parte de una realidad sanitaria donde el aislamiento de los enfermos podía prolongarse durante años.

La leprosería Bababaghi Hospice de Tabriz no debe interpretarse solamente como un espacio clínico, sino como la barrera que separa a la sociedad de quienes quedaban apartados de ella.

MOLOKAI

"Molokai, la isla maldita" (Luis Lucía, 1959) es un película española basada en la vida de San Damián de Molokai con los leprosos en la isla homónima, entonces perteneciente al reino de Hawaii, a finales del siglo XIX.

Josef de Veuster nació en 1840 en el seno de una humilde familia de campesinos. Conocido también como Padre Damián, fue un sacerdote misionero católico belga perteneciente a la Congregación de los Sagrados Corazones, patrón espiritual de los leprosos, los marginados (incluyendo los enfermos de sida) y del Estado de Hawaii (Estados Unidos).

Apóstol de los leprosos, dedicó gran parte de su vida al cuidado de los mismos en aquella remota isla del Pacífico.


El Padre Damián enfermo de lepra

Entre 1866 y 1969 unas 8000 personas fueron trasladadas a Kalaupapa, una remota península situada al norte de Molokai, exilio forzado de leprosos durante un siglo.

En 1865 Hawái aprobó leyes que permitían el arresto y traslado de los leprosos a lugares de tratamiento y aislamiento. La colonia de Kalaupapa se creó en 1866.

En la actualidad permanece todavía allí una decena de pacientes, que a pesar de disponer de toda la libertad para ello, decidieron permanecer en sus alojamientos de aquellas tierras aisladas, donde construyeron sus vidas y forjaron sus familias, llegando incluso a ser felices en su adversidad.


Los leprosos de Molokai, alrededor de 1920

En 1873, el Padre Damián arribó como voluntario a Molokai, para hacerse cargo de las necesidades espirituales y materiales de la comunidad de leprosos de Kaulapapa. Y así lo hizo durante 16 fructíferos años.

En diciembre de 1884, mientras se preparaba para bañarse, se quemó gravemente los pies sin darse cuenta con agua hirviendo. Comprendió entonces que se había contagiado de lepra y que había perdido la sensibilidad cutánea protectora.

Aún así continuó trabajando para construir nuevas casas, iglesias, capillas, una escuela y un hospital, atendiendo a los enfermos y dejando planes detallados para que su labor continuara después de su muerte, finalmente ocurrida en 1889, a los 49 años de edad.


En la ficción cinematográfica, el actor valenciano Javier Escribá fue el encargado de dar vida al santo belga.

Posteriormente "Molokai: la historia del Padre Damián" (Paul Cox, 1999) se inspira asimismo en la misma crónica, esta vez encarnando al protagonista el actor australiano David Wenham.

EL CUERPO ENFERMO COMO DOCUMENTO CINEMATOGRÁFICO

Uno de los elementos más llamativos de "La casa es negra" es la manera en que nos muestra los cuerpos enfermos

Forugh Farrokhzad no oculta las lesiones ni recurre sistemáticamente a recursos que las disimulen. La cámara observa los rostros, las manos y las extremidades de las personas afectadas. La imagen cinematográfica obliga al espectador a enfrentarse a una realidad que, durante siglos, se había mantenido fuera de la vista pública.

Pero mostrar no equivale necesariamente a explotar.


La cuestión ética reside en cómo se construye esa mirada, qué lugar ocupa la persona filmada y qué significado se atribuye a su cuerpo. En el documental, las imágenes médicamente impactantes conviven con escenas de aprendizaje, juego y vida comunitaria. Las personas aparecen como sujetos de una experiencia humana compleja, no únicamente como ejemplos visuales de una patología.

Este planteamiento resulta especialmente relevante en una época en la que la fotografía clínica y las imágenes difundidas por medios de comunicación pueden circular sin suficiente contexto o sin respetar la dignidad de quienes aparecen en ellas.



La representación de una enfermedad visible exige algo más que exactitud descriptiva. Requiere preguntarse si la imagen contribuye a comprender al paciente o si, por el contrario, refuerza una mirada que lo convierte en objeto de curiosidad.

En este sentido, el documental plantea un dilema que sigue presente en la medicina contemporánea: cómo mostrar el sufrimiento sin deshumanizar a quien lo experimenta.

LA DIMENSIÓN PSICOLÓGICA

Las consecuencias de la lepra no se limitan a las lesiones físicas. El rechazo social, la pérdida de vínculos y la separación de la comunidad pueden afectar profundamente al bienestar psicológico.

El estigma puede favorecer sentimientos de vergüenza, aislamiento, ansiedad y desesperanza. También puede dificultar las relaciones personales, el acceso al empleo y la participación en la vida social.

Conviene señalar que la película no constituye un estudio psicológico sistemático y no permite atribuir un estado emocional concreto a cada persona que aparece en ella. Su valor reside en mostrar una comunidad cuya existencia se encuentra atravesada por la enfermedad y por las condiciones sociales que la rodean.

La narración poética introduce, además, preguntas sobre el sufrimiento, la fe, la belleza y el sentido de la existencia. La presencia de referencias religiosas no convierte la enfermedad en un castigo divino: más bien sitúa el dolor humano dentro de una reflexión más amplia sobre la vulnerabilidad y la condición humana.

Para los profesionales sanitarios, esta perspectiva tiene una consecuencia importante. La atención de una persona con una enfermedad crónica o discapacitante no puede limitarse a tratar las lesiones. También debe contemplar su autonomía, sus relaciones sociales, su salud mental y las condiciones que determinan su acceso a los cuidados.

CINEFILIA

"L´Odre" (Jean - Daniel Pollet, Maurice Born y Malo Aguttant) es un documental de 44 minutos inspirado en la vida de los leprosos confinados en la pequeña isla de Spinalonga (Kalydon en griego), frente a la costa de Creta.

Se trata de una obra de encargo y difusión institucional limitada, producida por los Laboratorios Sandoz (hoy en día Novartis), que no buscaban patrocinar un antibiótico específico con su nombre comercial, sino más bien ensalzar el triunfo generalizado de la nueva era de estos medicamentos.

La historia se articula sobre el testimonio de Epaminondas Remoundakis, un leproso que vivió allí durante décadas. Hijo de un abogado, contrajo la lepra y pasó 36 años de su vida confinado en Spinalonga, la última leprosería de Europa.

En 1903 el gobierno griego decidió confinar en la isla a los leprosos de Creta y del resto del país para mantenerlos aislados.

A pesar de la dureza de las condiciones iniciales, los propios leprosos de la colonia construyeron una pequeña sociedad con tiendas, cafés, escuela, iglesia y su propio periódico. 

En sus momentos de mayor población esta comunidad llegó a albergar a cerca de unos 400 leprosos residentes. Hasta que en 1957 fue disuelta al descubrirse los tratamientos efectivos contra su enfermedad.


Fotografía grupal de pacientes con lepra alrededor de 1920. 
©Archivo de Maurice Born

El último habitante de Spinalonga fue un sacerdote ortodoxo que abandonó la isla en 1962, que permaneció allí con el único propósito de cumplir la tradición de la iglesia ortodoxa griega: realizar misas conmemorativas por los leprosos enterrados en aquella remota isla hasta 5 años después de su fallecimiento.

En "L´Odre", además de relatar su propia experiencia personal, Epaminondas Ramoundakis denuncia el maltrato y el abandono padecido por los leprosos, obligados forzosamente a vivir separados del resto del mundo. 

Pero, lejos de pedir compasión, su alegato se alza a favor del reconocimiento de la dignidad de los enfermos y su derecho a vivir.

CHRYSANTHOS KATSOULOGIANNAKIS

Fue un jeromonje (monje ortodoxo con facultades sacerdotales). Su existencia combina un profundo sentido del deber religioso con lo que muchos creyentes en Grecia consideran un milagro de fe y resilencia.

Permaneció en la "isla de los muertos" completamente solo hasta 1962. Como señalamos anteriormente, lo hizo para respetar la estricta tradición litúrgica de la iglesia ortodoxa griega, que exige oficiar misas de conmemoración y vigilias a las almas de los difuntos a intervalos específicos de 40 días, 6 meses y al cumplirse 1, 3 y 5 años de su fallecimiento.


Con anterioridad, el padre Chrysantos, que según su propio testimonio también llegó a contagiarse de lepra, oficiaba la Santa Liturgia para los enfermos. En el rito ortodoxo, la comunión se administra ofreciendo el pan y el vino consagrados mezclados en un cáliz, empleando una única cuchara común para todos los fieles.

Tras dar la comunión uno por uno a los cientos de leprosos de la isla, las leyes canónicas de la Iglesia exigen que el sacerdote consuma obligatoriamente todo el remanente del cáliz directamente con esa misma cuchara.

MÁS CINEFILIA

"Últimas palabras" (Werner Herzog, 1968) - título original en alemán "Letzte Worte" es un cortometraje alemán escrito y dirigido por Herzog, con una duración de 13 minutos.

Se trata de una obra experimental situada en la frontera entre el documental y la ficción, rodada en apenas 2 días en las islas de Creta y Spinalonga, aprovechando los descansos del rodaje del primer largometraje del genial cineasta alemán, "Signos de vida" (1968).


Narra la supuesta historia del último habitante de Spinalonga, un anciano músico que tras ser desalojado a la fuerza por la policía, es reintegrado a la sociedad preso del mutismo más absoluto. Tan sólo se limitará a tañer una lira cretense por la noche, en las tabernas.

El silencio del anciano sugiere que no existen palabras adecuadas para describir la soledad vivida en Spinalonga.

A su alrededor, una serie de personajes excéntricos (policías, un pescador, un camarero) hablan directamente a la cámara. Sin embargo, en lugar de aportar claridad, repiten mecánicamente y en bucle las mismas frases absurdas a través de largos planos secuencia.


En el fondo se trata de una crítica irónica sobre la incapacidad del lenguaje para comunicarnos la realidad.

Este cortometraje explora temas recurrentes en el cine de Werner Herzog: la exclusión de los desamparados, el trauma del desarraigo y el silencio como la forma definitiva de resistencia frente a una sociedad que exige conformidad. 

Esta pieza clave en los inicios del director ganó el Gran Premio en el Festival Internacional de Cortometrajes de Oberhausen en 1968.


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