martes, 20 de septiembre de 2022

M, EL VAMPIRO DE DUSSELDORF

 

Recientemente, nuestro interés por "M, el vampiro de Düsseldorf" (Fritz Lang, 1931) se ha reavivado por la coincidencia de dos casualidades: la proyección y posterior coloquio de "El cebo" (Ladislao Vajda, 1958) en el programa "Classics" de José Luis Garci en Trece TV y la lectura de "Prefiero M y otras pasiones cinéfilas" (Noemi Guillermo, 2021).

La doctora Noemi Guillermo, dermatóloga, filóloga, devota de Lang y experta en cine clásico, participó en la tertulia sobre este filme del cineasta español de origen húngaro que desarrolló su prolífica carrera en media Europa.

Ambas películas se se relacionan en cuanto al retrato de dos despiadados psicópatas asesinos en serie, con una fijación especial por las víctimas infantiles, tal vez el crimen más execrable de cualquier homicida, máxime cuando además coinciden en dichos asesinatos connotaciones pedófilas.

Peter Lorre es Hans Beckert en "M, el vampiro de Düsseldorf"

Por supuesto nos estamos refiriendo a los repulsivos Hans Beckert (Peter Lorre) y Schrrot (Gert Fröbe): el primero de aspecto anónimo y untuoso, con sus característicos ojos saltones capaces de transmitir el terror y la desesperación con apenas una mirada; el segundo ciclópeo y ladino, el ogro del bosque, el hombre de las marionetas del guiñol y las trufas de chocolate con forma de erizo empleados para embaucar a sus indefensas víctimas.

Gert Fröbe es Scott en "El cebo"

Precisamente esta caracterización suya tan particular de la maldad, le sirvió para que los productores de "Goldfinger" (Guy Hamilton, 1964) eligieran a Gert Fröbe para encarnar a uno de los bellacos por antonomasia de la historia del cine, Auric Goldfinger, encarnizado rival del mítico agente secreto James Bond (Sean Connery).

En "El cine y las enfermedades mentales" (Danny Wedding, Mary Ann Boyd, Ryan M.  Niemiec, 2005) existe un capítulo dedicado a la violencia y el maltrato físico y sexual, donde califican como psicópata sexual asesino de niñas pequeñas al protagonista de "M, el vampiro de Dusseldorf".

¿Quién es un psicópata sexual?

Generalmente, entendemos que una persona se comporta como un psicópata cuando su conducta social es irresponsable, violando e ignorando los derechos de sus prójimos. Incapaces de distinguir entre lo cabal y lo errado, no demuestran empatía ni remordimiento por sus actos dañinos.

La definición más amplia de un psicópata sexual incluye a todos aquellos individuos diagnosticados de psicopatía y que cometen delitos sexuales. Este tipo de delitos atenta contra la libertad  y la integridad sexual de una persona.

Es necesario aclarar que no todos los delincuentes sexuales son psicópatas, si bien entre los violadores y asesinos múltiples de mujeres la mayoría suelen serlo.

Las agresiones sádicas suelen ser también cometidas por delincuentes sexuales psicópatas.

Los pedófilos con alto grado de psicopatía y baja inteligencia suelen ser criminales reincidentes.


Cartel de "Jack el Destripador" (John Bram, 1944), uno de los retratos del  asesino en serie probablemente más famoso de la historia del cine

Con ciertas particularidades, Hans Beckert (Peter Lorre) y Schrrot (Gert Fröbe) presentarían rasgos característicos de un psicópata sexual:

  • Consciencia de su actividad criminal. Saben lo que quieren hacer y lo hacen, a pesar de que pudiéramos deducir lo contrario considerando las desesperadas declaraciones de Beckert ante el improvisado tribunal formado por rufianes y mendigos en el film de Fritz Lang.
  • Planificación de su delito, eligiendo a las víctimas, la manera de aproximarse a ellas para embaucarlas y la selección del lugar donde culminar sus crímenes.
  • Modus operandi, que se repite en cada acto criminal.
  • Doble vida, consiguiendo vivir de manera oculta como ciudadano anónimo en el seno de la comunidad donde perpetra sus abusos y dominaciones.
  • Comportamiento compulsivo para la obtención de placer sexual provocando el sufrimiento de las víctimas, vejándolas mientras que ejercen sobre ellas el control más absoluto.
  • Suelen estar integrados socialmente, dotados de una inteligencia superior y ser más despiadados que los otros delincuentes sexuales no psicópatas.
En "M. El odio social: notas sobre el film de Fritz Lang" (Miradas de Cine - José F. Montero, 2016), nos situamos ante el retrato de un psicópata al que le resulta imposible huir de sí mismo, trágicamente escindido (su primera imagen lo muestra mirándose al espejo de forma interrogativa), paradigma de una sociedad en que el afloramiento de sus más oscuros fantasmas va a llevar en poco tiempo a uno de los mayores desastres recientes de la Humanidad"...


Sin embargo, por sus declaraciones en el sótano ante el improvisado tribunal popular formado por mendigos, delincuentes y prostitutas, también hay quien defiende que Hans Beckert podría padecer un
trastorno bipolar. Atenazado por sus remordimientos, el asesino de niñas esgrime desesperadamente en su defensa la influencia de un demonio interior ("una voz, un fuego") que le impulsa a cometer tan atroces actos. 

EL CASO EDMUND KEMPER

Los psicópatas en general han representado (y continúan haciéndolo) un filón para la industria cinematográfica. El morbo vende entradas y genera ingentes beneficios económicos. Tristemente, y para ventura de los guionistas, la realidad suele superar a la ficción. 

Como en el caso del gigantesco Edmund Kemper, 2.06 metros de estatura y más de 120 kilos de peso, popularmente conocido como "el asesino de las colegialas", que cometió las mayoría de sus atrocidades en la década de los 70, protagonista de varios documentales y series de ficción. Es uno de los asesinos en serie estadounidenses analizado en la galardonada y perturbadora serie televisiva de Netflix "Mindhunter" (2017-2019), interpretado eficientemente por el actor Cameron Britton.


Desde temprana edad, Kemper comenzó a mostrar rasgos de psicopatía, torturando y matando animales, realizando retorcidos ritos sexuales, decapitando y desmembrando a las muñecas de sus hermanas, así como planificando los asesinatos de sus profesores y conocidos.

Su infancia y adolescencia transcurrieron anormalmente. Su propia madre le obligaba a dormir en el sótano, por miedo a que violara a sus hermanas, mientras lo alimentaba con cabezas de pescado. A los 15 años asesinó a tiros a sus abuelos, por lo que fue internado en el hospital estatal, donde gracias a su elevado coeficiente intelectual (140) y sus dotes de seducción, logró hacerse amigo y ayudante de su propio psicólogo


Cameron Britton es Edmund Kemper

Cumplida su condena, retornó al hogar materno en Santa Cruz (California), para trabajar en el Departamento de Obras Públicas y Transporte. Entre 1972 y 1973 asesinó a varias estudiantes que conocía en las autopistas. Después las trasladaba a zonas rurales abandonadas para matarlas a cuchilladas, a tiros o asfixiándolas.

Consumadas sus atrocidades, trasladaba los cadáveres a su propio domicilio, donde practicaba la necrofilia y posteriormente desmembraba los cuerpos, que de esta manera enterraba o arrojaba a los barrancos.

Para culminar su carrera como psicópata sexual, en abril de 1973 asesinó a su madre a martillazos, mientras dormía. Decapitó el cadáver y utilizó la cabeza como diana y objeto sexual. Devoró varias partes de los despojos, durmiendo durante 4 noches junto a los restos en putrefacción. Finalmente, invitó a casa a una de las mejores amigas de su madre para estrangularla.

Kemper se entregó a la policía, confesando su necrofilia y canibalismo. Y aunque alegó enajenación durante su enjuiciamiento, fue condenado a cadena perpetua por 8 cargos de asesinato. Actualmente cumple condena en la Prisión Estatal de Vacaville (California).

EL CASO PETER KÜRTEN

Este psicópata sexual, inspirador del protagonista de "M, el vampiro de Düsserdolf", compartía las mismas características con Edmund Kemper y la larga triste lista de otros asesinos en serie: despiadados, consciencia criminal plena, planificación de sus delitos, modus operandi, doble vida y sadismo.

En la década de los 70 cometieron la mayoría de sus crímenes un grupo de psicópatas y asesinos en serie que sembraron el terror entre la sociedad estadounidense: al anteriormente mencionado Edmund Kemper se unieron Ted Bundy, David Berkowitz ("el hijo de Sam"), John Wayne Gacy ("el payaso asesino") y el misterioso "asesino del Zodíaco", de los que también se han ocupado el cine y la televisión.

Una terror colectivo parecido se vivió en Alemania durante la década de los años 20, con motivo de las actuaciones de una serie de asesinos múltiples como Carl Grossman, que confesó haber matado a más de 50 mujeres, Karl Denke, "el caníbal de Ziebice", que llevaba un macabro registro de sus víctimas y de las que conservaba restos conservados en salmuera, Fritz Haarmann, "el carnicero de Hannover", ejecutado por haber eliminado a unos 40 adolescentes, al limón con  su amante Hans Grans.

Tal vez estos psicópatas pudieron servir de fuente de inspiración para Fritz Lang, un ávido lector de las crónicas de sucesos, a la hora de concebir al protagonista de "M, el vampiro de Düsseldorf", y que inicialmente se iba a llamar "Asesinos entre nosotros", la película favorita de este genial cineasta. 

Además, fue la primera cinta sonora que dirigió, la penúltima de sus películas alemanas y el debut en la gran pantalla del excepcional Peter Lorre.

Reacio al cine sonoro, precisamente supo Fritz Lang explotar el sonido en su primera cinta sonora, junto al silencio y la música: inolvidable el empleo del fragmento prestado de "Peer Gynt"(Edvard Grieg, 1875), "En la gruta del rey de la montaña", verdadero e inquietante leitmotiv de este film.

Pero quizás sería la trayectoria criminal de Peter Kürten, el más cruel y despiadado de todos estos homicidas, la acción promotora del guión escrito por Lang junto a su entonces esposa, Thea von Harbou, tras leer el artículo original de Egon Jacobsohn.

El matrimonio acudió en varias ocasiones a la comisaría de policía de la Alexanderplatz en la procura de datos sobres las nuevas  técnicas de investigación de los expertos policiales y detalles de las carreras de los criminales.


Fritz Lang y Thea von Harbou

A principios de 1930, el departamento de policía de Düsseldorf publicó un boletín especial sobre el asesino múltiple que aterrorizaba a la población, con un modus operandi tan heterogéneo que incluso hizo pensar a los expertos que se enfrentaban a diferentes criminales.

"El vampiro de Düsseldorf" se tocaba un característico sombrero y escribía cartas a los periódicos.


Peter Kütten (1883-1931)

Dotado de una prodigiosa memoria selectiva, capaz de recordar los más mínimos detalles de sus salvajadas, Kürten fue entrevistado tras su arresto por el eminente psicólogo y profesor Karl Berg, al que desveló los detalles pormenorizados tanto de los crímenes que se le atribuían como de otros que no. Todo esta información le serviría al doctor para escribir su "Der sadist" (1938).


Peter Kürten nació  en 1883 en el seno de una miserable familia numerosa de Colonia-Mullheim, siendo el tercero de 13 hermanos. Su padre era un alcohólico violento que forzaba a su mujer en presencia de su extensa prole. Pronto el joven Kürten seguiría su perverso ejemplo.

Su padre fue encarcelado durante 3 años por abusar de su hija mayor; y el futuro psicópata sexual sustituyó a su progenitor en tan repugnante e incestuosa relación. Por aquellos años, liquidó a dos compañeros de clase, permitiendo que se ahogaran en el río.

Cuando la familia se mudó a Düseldorf comenzó a torturar y matar perros, junto a otros animales como ovejas y cabras, a las que apuñalaba mientras practicaba bestialismo con ellas. Enseguida pasó del sadismo con animales a las personas, después de haberse relacionado con una prostituta masoquista que le doblaba la edad.

Durante 8 años permaneció en prisión, experiencia nefasta para su futuro, puesto que entendió que sus crímenes posteriores eran la manera de saldar sus cuentas pendientes contra el resto del mundo. Nunca sintió el más mínimo remordimiento ni pensó que su conducta era dañina.


Hans Beckert (Peter Lörre) y una de sus pequeñas víctimas

Continuó sobreviviendo gracias a los robos cometidos entre condena y condena. Hasta que en 1913, en Colonia, cometió una atrocidad que despertaría su avidez por la sangre: el degollamiento de Christine Klein, una niña de 10 años que dormía plácidamente en la primera planta de una taberna, propiedad de su padre, Peter Klein. Al día siguiente se desplazó al lugar del crimen, cumpliendo esa máxima de que el asesino siempre regresa al escenario de sus fechorías.

Posteriormente, y durante un tiempo, limitó su actividad criminal a provocar incendios, atacar a personas y a la violación y asesinato de una mujer, cuyo cadáver nunca llegó a ser localizado.

Tuvo tiempo de casarse con una mujer a la que verdaderamente respetaba y amaba, hasta que en febrero de 1929 se encontró el cuerpo medio quemado con petróleo de la pequeña Rosa Ohliger, cuyo corazón había sido atravesado por 13 puñaladas, mientras su ropa estaba mancha de semen, ocultando otra salvaje puñalada en su vagina.

Poco tiempo después asesinó a Rudolph Scheer, un mecánico de 45 años al que despachó con una veintena de puñaladas en la cabeza y el cuello. Nuevamente sintió la necesidad de retornar al lugar del asesinato.

En agosto de 1929, se acercó a dos hermanastras en el pueblo de Flehe, entonces en fiestas. En aquel lugar estranguló y degolló primero a la más pequeña, Gertrude Hamacher, de 5 años de edad, para después retocarle el cuello y decapitar a la mayor, Louise Lenzen, de 14 años.

Conocedor de los crímenes del archiconocido psicópata sexual Jack el Destripador, perpetró diversos ataques ataques indiscriminados, violando y matando a las jóvenes Ida Reuter y a Elizabeth Dorrier.

En noviembre de 1929 envió una carta a la policía, que le buscaba desesperadamente, revelando el lugar donde había depositado el cadáver de Gertrude Albermann, de 5 años, acuchillado 35 veces.

Recordemos el episodio de la carta a la policía y los medios de comunicación se encuentra presente en "M, el vampiro de Düsseldorf", siendo la escritura con un lápiz rojo uno de los indicios fundamentales para descubrir al asesino.

Finalmente, el 24 de mayo de 1930, la señora Kürten acudió a la policía para denunciar a su esposo, poniendo fin a su horripilante carrera criminal, cumpliendo la recomendación del propio asesino, para que así ella pudiera cobrar la sustanciosa recompensa ofrecida por su cabeza. 

Juzgado y condenador un jurado popular, fue guillotinado el 2 de julio de 1931, dos meses después del estreno de la película de Fritz Lang.


Durante sus interrogatorios parecía disfrutar del horror que provocaba en su entorno. Confesó que solía beber sangre de sus víctimas, de ahí el apoyo de "el vampiro de Dusseldörf". Su cabeza fue embalsamada en un intento de conocer las anomalías que habían provocado semejante cadena de crímenes y asesinatos.

Hoy en día, cortada por la mitad, figura entre los macabros objetos de la colección del museo Ripley´s Believe It or Not! en Wisconsin Dells (EEUU).


La persecución de Hans Beckert se desencadena por dos colectivos bien distintos: por una parte la policía, dirigida por los inspectores Groeber (Theodor Gross) y Lohmann (Otto Wernicke), con sus particulares y discutibles métodos de investigación; por otra parte, el crimen organizado, a semejanza de la "Bolsa de los mendigos" que realmente existió en Berlín, hostigados por la telaraña policial tejida para capturar al asesino, y que decide emprender una cacería paralela empleando a los maleantes y mendigos de la ciudad, una especie de patrullas ciudadanas que más tarde fueron utilizadas por los nazis (y otras dictaduras) para sembrar el terror e imponer su ley.

Simplemente recordar aquí que el título de esta película iba a ser "Asesinos entre nosotros", quizás modificado a la postre para no despertar la suspicacia de los líderes del partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP).


El linchamiento del delincuente al margen de la justicia ordinaria es un tema reiterado en "Furia" (1936), el primer film americano de Fritz Lang, protagonizado por el inolvidable Spencer Tracy como Joe Wilson, un hombre sólo ante el peligro, tal y como se encontró el mismo actor dos décadas más tarde en "Conspiración de silencio" (John Sturges, 1955), al encarnar al veterano manco John J. Macreedy, encarado frente a la comunidad inexplicablemente hostil de Black Rock.


En su libro "Poner el dedo en la llaga: moral, política y derecho en el cine de Fritz Lang"  (José Antonio Gómez Garcia, 2019), del profesor de Filosofía Jurídica de la UNED, el Capítulo V está dedicado a "M, el vampiro de Düsseldorf".

En este film, Fritz Lang parece difuminar las distancias existentes entre los correcto y lo incorrecto, entre el mundo legal e ilegal, donde el Estado pierde el monopolio de la violencia para defender los intereses de la ciudadanía. En este aspecto, la escena del proceso popular en el sótano contra el asesino, y la supuesta identificación del criminal por parte de un ciego, que afirma reconocerlo perfectamente, resultan paradigmáticos.

La acusación popular demanda la pena capital para el asesino en serie, basándose en su propia confesión y autoinculpación. Sin embargo, su improvisada defensa propone su entrega a las autoridades para ser juzgado y recluido en un manicomio o en un hospital. De esta manera, como el asesino actúa en contra de su voluntad, no sería responsable de sus crímenes, y por lo tanto no imputable.

Podemos leer en "Tomás Nevinson" (Javier Marías, 2021), la novela póstuma de su excepcional trayectoria literaria: "es así como obran las mafias, incapaces de perdonar una falta o una deuda mínimas para que no haya un mal precedente, para que todos comprendan que nunca se puede ser irrespetuoso con ellas, que no se les puede robar o mentir ni traicionar, que se las ha de temer. Y así es como también actúan el Estado y su justicia, a fin de cuentas, con su ceremonia y su solemnidad, o sin ellas cuando es preciso y todo se ha de hacer en secreto: ahuyentan el delito de otros, los disuaden mediante la condena del osado que los precedió"...


Gustaf Gründgens es Der Schränker

El fascinante personaje de Der Schränker (Gustaf Gründgens), algo así como el apalancador de cajas fuertes, una alegoría del nazismo caracterizado con su amplio abrigo de cuero y tocado con un bombín, tras haber movilizado a los bajos fondos berlineses para capturar al psicópata asesino, preside el tribunal popular encargado de juzgarlo y condenarlo.

Coincidencias de la vida, después de haber coqueteado con la izquierda política, gracias a su representación de Mefistófeles en "Fausto" de Goethe, Gründgens se granjeo la admiración del Hermann Goering, siendo propuesto como Director del Teatro Estatal de Prusia, para convertirse en el representante oficial de la Alemania nazi sobre los escenarios.


Podríamos concluir, sin miedo a equivocarnos, que "M, el vampiro de Dusseldorf" es una lúcida reflexión sobre los esquivos conceptos relacionados con el orden, la ley y la justicia, temas que continuarán obsesionando a Fritz Lang a lo largo de su prolífica cinematografía, incluyendo "Más allá de la duda" (1956), film postrero de su etapa norteamericana.

Como podemos leer en "Monstruos que huyen, monstruos que persiguen, monstruos que observan", más que un alegato contra los nazis, esta película representa una inmisericorde vivisección de los peligros de las masas cuando irremisiblemente colapsan tras hallarse sometidas a situaciones extremas.






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